Mientras las exportaciones de café mexicano registran cifras récord en el mercado internacional, en las fincas de Chiapas los productores siguen atrapados entre plagas, cambio climático y precios que no reflejan la bonanza que se ve desde fuera.
Un mercado que crece, pero no para todos
México se ubica entre los diez principales productores de café a nivel mundial, y Chiapas concentra alrededor de un tercio de la superficie cafetalera nacional, con más de 90 mil productores dedicados al cultivo, en su mayoría pequeños propietarios indígenas y campesinos que trabajan parcelas de menos de dos hectáreas. Las exportaciones mexicanas de café verde han mostrado una tendencia al alza en los últimos ciclos, impulsadas por la demanda de cafés especiales y orgánicos en mercados como Estados Unidos, la Unión Europea y Japón, que pagan sobreprecios por certificaciones de origen, comercio justo y producción orgánica.
Sin embargo, ese crecimiento en el valor de exportación no se traduce de manera directa en mejores ingresos para el productor primario. Gran parte del valor agregado del café se concentra en los eslabones de beneficio húmedo, tostado, empaque y comercialización, actividades que en su mayoría no ocurren en las zonas productoras de Chiapas sino en centros de acopio, exportadoras y tostadurías fuera del estado o del país. El productor promedio vende su cosecha como café cereza o pergamino a intermediarios locales conocidos como «coyotes», a precios que suelen representar solo una fracción del valor final que alcanza el grano una vez procesado y exportado.
Plagas, clima y el relevo generacional pendiente
A esta desconexión entre precios internacionales y realidad de la finca se suman retos productivos que golpean directamente el rendimiento: la roya del café, un hongo que ataca las hojas de la planta y puede reducir drásticamente las cosechas, sigue presente en buena parte de la zona cafetalera de Chiapas desde el brote regional que afectó a Centroamérica y el sur de México hace más de una década. A ello se añade la variabilidad en el régimen de lluvias asociada al cambio climático, que altera los ciclos de floración y maduración del grano, y el envejecimiento de las plantaciones, muchas de ellas con cafetos de más de 20 o 30 años que han perdido productividad y requieren renovación con variedades más resistentes.
El relevo generacional es otro punto crítico: los hijos de muchas familias cafetaleras han migrado hacia centros urbanos o a Estados Unidos en busca de mejores ingresos, dejando el cultivo en manos de productores de edad avanzada y complicando la continuidad de una actividad que, en las condiciones actuales, no siempre resulta suficiente para sostener a una familia. Organizaciones de productores y cooperativas en la región han impulsado esquemas de certificación orgánica y comercio justo como una vía para capturar una mayor parte del valor de la cadena, negociando de forma colectiva con compradores internacionales y reduciendo la dependencia de intermediarios, aunque el acceso a estos esquemas sigue siendo limitado frente al tamaño total del padrón de productores del estado.



























