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15 de diciembre del 2017
La piña en Costa Rica: ¿Un cultivo dulce?
Autor:
Guillermo Rodríguez Barreiro,


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En Costa Rica la producción de piña ha tenido históricamente dos etapas: la primera transcurre antes de la década de los sesenta del siglo XX, cuando el cultivo de piña se dedicaba casi en exclusividad al consumo interno y sin métodos de aceleración de la madurez; y la segunda se desarrolla a finales de esa década cuando empezaron en el país los intentos de producción destinada a la exportación.

Esos primeros intentos de producción masiva fueron liderados por la Compañía Piñera del Sur y por la Compañía Bananera de Costa Rica-Chiquita. No obstante, hasta finales de la década de los setenta no fructificaron los cultivos de variedades destinadas a la exportación. Es este caso el proyecto fue liderado por la Compañía Pineapple Development Company (Pindeco), subsidiaria de la empresa transnacional norteamericana Del Monte. En esa época Costa Rica no era un gran productor mundial de piña, mientras que otros países de la zona (como Ecuador, Honduras o México) sí destacaban por tener grandes exportaciones de piña. Así que la entrada de esta transnacional cambia por completo el panorama productivo en Costa Rica.

El éxito de las primeras operaciones comerciales de Pindeco fue tal que rápidamente se extendió el cultivo por diferentes zonas del país, pese a que la zona sur de Costa Rica seguía acumulando hasta el 90% de la producción.

Hay que destacar que esta “revolución” cambió drásticamente el panorama del negocio de la piña. Si bien en la década de los sesenta prácticamente el 100% de la producción era de consumo interno, en la actualidad aproximadamente sólo un 7% se destina a este fin. Esta situación lleva aparejado un mayor uso de tierras destinadas al cultivo de piña, así algunos cálculos sitúan que en 20 años la superficie dedicada a la piña se habrá multiplicado por.

Hoy en día la piña está considerada como el producto “estrella” en la economía costarricense, estimándose que la evolución de la actividad, durante el período 2002-2006, arroja un crecimiento en beneficios por exportación de piña de aproximadamente un 270%, pasando de 159 millones de dólares en el año 2002 a unos 430 millones de dólares en 2006.

Entonces ¿dónde está el problema?

Al igual que ocurre con otras producciones agroindustriales del país, por ejemplo el caso del banano, la proporción dedicada al mercado exportador está en manos de pocas empresas, en su mayoría de capital transnacional. Aunque existen muchos pequeños productores éstos venden a las transnacionales, que son las que se encargan de la exportación y, en consecuencia, son quienes fijan el precio. Las empresas con mayor presencia en el mercado costarricense son Del Monte (primer productor mundial), Dole, Fyffes o la propia Chiquita.

Esto supone que los grandes beneficios quedan en manos de unas pocas empresas transnacionales que en poco, o nada, contribuyen a mejorar la economía real del país. De hecho, la fuerte expansión del cultivo de la piña no llevó aparejada un estímulo de la industria local o, al menos, el estímulo que demandan los pequeños y medianos productores nacionales. Fue, como ya hemos tratado, la entrada de Pindeco la que forzó todo el cambio del sistema de cultivo, manejo y comercio de la piña. Es más, la situación en la que se encuentran los pequeños productores es de desprotección, ya que en muchas ocasiones no reciben ayudas ni incentivos, y el precio final de sus productos viene fijado por el “mercado internacional”, es decir, por las grandes transnacionales, que son las que controlan el segmento que mayor plusvalías otorga, la exportación.

Pero existen otros problemas sociales y ambientales, comunes también a otras producciones agroindustriales, como son la exposición directa a agroquímicos, las largas jornadas laborales al sol, que agravan enfermedades y dolencias en la piel, aumento de asma y alergias, la contaminación de ríos y acuíferos, la reducción de la superficie de los bosques, la pérdida de biodiversidad y de agro-diversidad al establecer monocultivos industriales y la erosión de los suelos, entre otros. En el plano laboral ya hemos comentado algunos problemas, pero hay más documentados tales como jornadas de trabajo superiores a lo establecido en la legislación, garantías sociales que no son reconocidas por la alta rotación de las personas trabajadoras que cambian de puesto antes del tiempo establecido por ley (tres meses) y la persecución que sufren dirigentes y personas trabajadoras.

No obstante, el problema principal lo representa la afluencia cada vez mayor de personal migrante, sobre todo de origen nicaragüense, contratada en condiciones desiguales, ya que su condición de “indocumentados” permite que obtengan menos salarios y trabajen sin contrato alguno ni garantías sociales. Valga el ejemplo de la región de Brunca, de la cuál forma parte el cantón de Buenos Aires, el principal “feudo” de Del Monte. Según datos del Instituto Nacional de Estadística y Censos, esa región en el año 2008 era la más pobre del país, con cerca de un 30% de la población viviendo en condiciones de pobreza o extrema pobreza. Por lo que se puede concluir que, pese a los grandes beneficios económicos del cultivo de la piña, la población no obtiene mejoras en sus condiciones de vida ni ve aumentada su riqueza.

Alternativas y resistencias

Existen muchas iniciativas para investigar y denunciar las consecuencias del cultivo de la piña. Entre ellas cabe destacar la creación del denominado Frente de Lucha contra la contaminación de Pindeco (FLP), que agrupa diferentes agrupaciones de afectados. Sin embargo, las campañas de Responsabilidad Social Corporativa, apoyadas por la publicidad y la obtención de certificaciones, hace que estas empresas aparezcan ante la opinión pública internacional como ejemplos de buenas prácticas.

Para contrarrestar todo este poder existen diferentes iniciativas, no solo para denunciar los impactos, sino para “devolver” a los productores locales parte del valor obtenido en la exportación. Si bien no siempre se consigue romper con las desigualdades. Podemos destacar dos iniciativas: por un lado la producción de piña orgánica o ecológica y, por otro lado, todo el sistema asociado al comercio justo. Ambas iniciativas se ven frenadas por el mismo problema, la falta de una gran demanda real en los mercados estadounidenses y europeos. Pese a ello Costa Rica aparece junto a la República Dominicana como los mayores productores mundiales de piña certificada como ecológica, con un 31% y 36% del mercado mundial respectivamente. Lamentablemente, el auge de este mercado hace que, de nuevo, las transnacionales se lancen a competir para copar este prometedor nicho.

Otros problemas asociados al cultivo ecológico son la dificultad de abonar correctamente los campos; la exigencia de los mismos cánones morfológicos que en el caso de la piña convencional, con el consiguiente rechazo de la producción para fines comerciales, que alcanza hasta un 30%. Pese a venderse en origen a un precio mayor, también conllevan más gastos, por lo que la rentabilidad está en entredicho según se desprende de recientes estudios realizados directamente sobre zonas productoras del norte de Costa Rica. Para el caso de la producción amparada por criterios de comercio justo el problema es similar al caso ecológico.

Nos encontramos además con otra injusticia. El precio que se paga por kilo de piña ecológica en Costa Rica es muy similar al kilo de piña convencional, mientras que el precio final del producto ecológico en mercados europeos y norteamericanos es ostensiblemente superior al de la piña convencional, llegando a triplicarse. De nuevo, son las grandes transnacionales las que se benefician de estas diferencias, beneficiándose de estas plusvalías elevadas.

¿Soluciones?

Parece evidente que, aparte de la adopción de mejoras laborales, sociales y ambientales, la solución pasa porque las grandes multinacionales no sigan copando la exportación y comercialización de la piña y sus derivados. Devolviendo parte de los importantes beneficios generados a los propios agricultores locales. Además, es necesario el establecimiento de unos precios justos y que permitan al productor obtener una renta suficiente, que repercuta también en unos salarios dignos. Como también se deben asegurar unas condiciones de trabajo seguras, con acceso a la seguridad social y a prestaciones sociales. Como en Europa.

Es evidente que, de esta manera, el precio de la piña en los mercados internacionales serán mayores, disminuyéndose el consumo y la demanda, lo que hará que de manera indirecta se frene la degradación ambiental y social existente en los países productores.

Guillermo Rodríguez Barreiro, responsable de Cooperación para el Desarrollo en Nicaragua de Amigos de la Tierra 
Jaime Machicado Valiente, miembro de OMAL-Paz con Dignidad 
Carlos Espinoza, coordinador de la Fundación Trichechus de Costa Rica. CO.

 

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