Content on this page requires a newer version of Adobe Flash Player.

Get Adobe Flash player

21 de febrero del 2018
Biotecnología Agrícola: mitos, riesgos ambientales y alternativas
Autor:



Ver en la Revista >
Califica este artículo: Thank you for your vote!
 

Hasta hace unas cuatro décadas, los rendimientos agrícolas en los Estados Unidos se
basaban en los recursos internos, el reciclaje de la materia orgánica, mecanismos de
control biológico y patrones de lluvias. Los rendimientos agrícolas eran modestos pero
estables. La producción estaba salvaguardada porque en el campo se cultivaba más de un
producto o variedad en el tiempo y el espacio, como un seguro contra la aparición de
plagas o la severidad climática. El nitrógeno del suelo era restablecido por la rotación de
los principales cultivos con leguminosas. Las rotaciones destruían insectos, malezas y
enfermedades gracias a la ruptura efectiva de los ciclos de vida de estas plagas. Un típico
agricultor de maíz sembraba maíz en rotación con diversos cultivos, como soya, y la
producción de granos menores era intrínseca para mantener ganado en la finca. La mayor
parte del trabajo lo hacía la familia, que era dueña de la finca, con ayuda externa
ocasional. No se compraba equipo ni se usaban insumos externos (Altieri 1994; Audirac
1997).
En el mundo en desarrollo, los pequeños agricultores impulsaron sistemas agrícolas aun
más complejos y biodiversos, guiados por un conocimiento indígena que ha superado la
prueba del tiempo (Thrupp, 1998). En este tipo de sistemas, la conexión entre agricultura
y ecología era bastante fuerte y rara vez se evidenciaban signos de degradación
ambiental.
Pero conforme la modernización agrícola avanzó, la conexión ecología-sistema agrícola
fue destruida, ya que los principios ecológicos fueron ignorados u omitidos. El lucro, y
no las necesidades de la gente o la preocupación por el ambiente, determinó la
producción agrícola. Los intereses de los agronegocios y las políticas prevalecientes
favorecieron las grandes fincas, la producción especializada, el monocultivo y la
mecanización.
Hoy el monocultivo ha aumentado de manera drástica en todo el mundo, principalmente a
través de la expansión geográfica anual de los terrenos dedicados a cultivos individuales.
El monocultivo implicó la simplificación de la biodiversidad, dando como resultado final
un ecosistema artificial que requiere constante intervención humana bajo la forma de
insumos agroquímicos, los cuales, además de mejorar los rendimientos sólo
temporalmente, dan como resultado altos costos ambientales y sociales no deseados.
Conscientes de tales impactos, muchos científicos agrícolas han llegado al consenso
general de que la agricultura moderna se enfrenta a una severa crisis ecológica (Conway
y Pretty, 1991).
La pérdida anual en rendimientos debida a plagas en muchos cultivos (que en la mayoría
llega hasta el 30 por ciento), a pesar del aumento sustancial en el uso de pesticidas
147
(alrededor de 500 millones de kg de ingrediente activo en todo el mundo), es un síntoma
de la crisis ambiental que afecta la agricultura. Las plantas cultivadas que crecen como
monocultivos genéticamente homogéneos no poseen los mecanismos ecológicos de
defensa necesarios para tolerar el impacto de las poblaciones epidémicas de plagas
(Altieri, 1994).
Cuando estos modelos agrícolas se exportaron a los países del Tercer Mundo a través de
la llamada Revolución Verde, se exacerbaron aún más los problemas ambientales y
sociales. La mayor parte de agricultores de escasos recursos de América Latina, Asia y
Africa ganaron muy poco en este proceso de desarrollo y transferencia de tecnología de la
Revolución Verde, porque las tecnologías propuestas no fueron neutras en cuanto a
escala. Los agricultores con tierras más extensas y mejor mantenidas ganaron más, pero
los agricultores con menores recursos que viven en ambientes marginales perdieron con
mayor frecuencia y la disparidad de los ingresos se vio acentuada (Conway, 1997).
El cambio tecnológico ha favorecido principalmente la producción y/o exportación de
cultivos comerciales producidos, sobre todo, por el sector de las grandes fincas, con un
impacto marginal en la productividad de los cultivos para la seguridad alimentaria,
mayormente en manos del sector campesino (Pretty, 1995). En las áreas donde se realizó
el cambio progresivo de una agricultura de subsistencia a otra de economía monetaria, se
pusieron en evidencia gran cantidad de problemas ecológicos y sociales: pérdida de
autosuficiencia alimentaria, erosión genética, pérdida de la biodiversidad y del
conocimiento tradicional, e incremento de la pobreza rural (Conroy et al. 1996).
Para sostener tales sistemas agro exportadores, muchos países en desarrollo se han
convertido en importadores netos de insumos químicos y maquinaria agrícola,
aumentando así los gastos gubernamentales y exacerbando la dependencia tecnológica.
Por ejemplo, entre 1980 y 1984 América Latina importó cerca de US$430 millones en
pesticidas y unas 6.5 millones de toneladas de fertilizantes (Nicholls y Altieri, 1997). Este
uso masivo de agroquímicos condujo a una enorme crisis ambiental de proporciones
sociales y económicas inmensurables.
Lo irónico es el hecho de que los mismos intereses económicos que promovieron la
primera ola de agricultura basada en agroquímicos están ahora celebrando y promoviendo
la emergencia de la biotecnología como la más reciente varita mágica. La biotecnología,
dicen, revolucionará la agricultura con productos basados en los métodos propios de la
naturaleza, logrando una agricultura más amigable para el ambiente y más lucrativa para
los agricultores, así como más saludable y nutritiva para los consumidores (Hobbelink,
1991).
La lucha global por conquistar el mercado está conduciendo a las grandes corporaciones
a producir plantas desarrolladas con ingeniería genética (cultivos transgénicos) en todo el
mundo (más de 40 millones de hectáreas en 1999) sin las apropiadas pruebas previas de
impacto sobre la salud humana y los ecosistemas, a corto y largo plazo. Esta expansión
ha recibido el apoyo de acuerdos de comercialización y distribución realizados por
148
corporaciones y marketeros (por ejemplo Ciba Seeds con Growmark y Mycogen Plant
Sciences con Cargill) debido a la falta de reglamentación en muchos países en desarrollo.
Es Estados Unidos las políticas del Food and Drug Organization (FDA) y la
Environmental Protection Agency (EPA) consideran a los cultivos modificados
genéticamente "sustancialmente equivalentes" a los cultivos convencionales. Estas
políticas han sido desarrolladas en el contexto de un marco regulador inadecuado y en
algunos casos inexistentes.
Las corporaciones de agroquímicos, las cuales controlan cada vez más la orientación y las
metas de la innovación agrícola, sostienen que la ingeniería genética mejorará la
sostenibilidad de la agricultura al resolver los muchos problemas que afectan a la
agricultura convencional y librará al Tercer Mundo de la baja productividad, la pobreza y
el hambre.
Comparando mito y realidad, el objetivo de este libro es cuestionar las falsas promesas
hechas por la industria de la ingeniería genética. Ellos han prometido que los cultivos
producidos por ingeniería genética impulsarán la agricultura lejos de la dependencia en
insumos químicos, aumentarán la productividad, disminuirán los costos de insumos y
ayudarán a reducir los problemas ambientales (Oficina de Evaluación Tecnológica,
1992). Al cuestionar los mitos de la biotecnología, aquí se muestra a la ingeniería
genética como lo que realmente es: otro enredo tecnológico o "varita mágica" destinado a
entrampar los problemas ambientales de la agricultura (que son el producto de un enredo
tecnológico previo) sin cuestionar las suposiciones defectuosas que ocasionaron los
problemas la primera vez (Hindmarsh, 1991). La biotecnología promueve soluciones
basadas en el uso de genes individuales para los problemas derivados de sistemas de
monocultivo ecológicamente inestables diseñados sobre modelos industriales de
eficiencia. Tal enfoque unilateral y reduccioncita ya ha probado que no es
ecológicamente sólido en el caso de los pesticidas, enfoque que también adoptó un
enfoque similar, usando el paradigma "un químico-una plaga" comparable al enfoque "un
gen-una plaga" promovido por la biotecnología (Pimentel et al. 1992).
La agricultura industrial moderna, hoy convertida en epítome por la biotecnología, se
basa en una premisa filosófica que es fundamentalmente errónea y que necesita ser
expuesta y criticada para avanzar hacia una agricultura verdaderamente sostenible. Esto
es particularmente relevante en el caso de la biotecnología, donde la alianza de la ciencia
reduccioncita y la industria multinacional monopolizadora llevan a la agricultura por un
camino equivocado. La biotecnología percibe los problemas agrícolas como deficiencias
genéticas de los organismos y trata a la naturaleza como una mercancía, y en el camino
hace a los agricultores más dependientes de un sector de agronegocios que concentra
cada vez más su poder sobre el sistema alimentario.
LA BIOTECNOLOGÍA, EL HAMBRE EN EL MUNDO Y EL BIENESTAR DE LOS AGRICULTORES
Poblaciones hambrientas en medio de la abundancia
149
Las compañías de biotecnología sostienen que los organismos genéticamente
modificados (GMOs en inglés) -específicamente las semillas genéticamente alteradas-
son hallazgos científicos necesarios para alimentar al mundo y reducir la pobreza en los
países en desarrollo. La mayoría de las organizaciones internacionales encargadas de la
política y la investigación para el mejoramiento de la seguridad alimentaria en el mundo
en desarrollo hacen eco de este punto de vista. Este punto se basa en dos suposiciones
críticas: que el hambre se debe a una brecha entre la producción de alimentos y la
densidad de la población humana o la tasa de crecimiento; y que la ingeniería genética es
la única o la mejor forma de incrementar la producción agrícola y por lo tanto cubrir las
futuras necesidades de alimento.
Un punto inicial para aclarar estas falsas concepciones es entender que no hay una
relación entre la presencia del hambre en un país determinado y su población. Por cada
nación hambrienta y densamente poblada como Bangladesh o Haití, hay un país
escasamente poblado y hambriento como Brasil o Indonesia. El mundo hoy produce más
alimentos por habitante que nunca antes. Hay suficiente alimento disponible para proveer
4,3 libras por persona cada día: 2,5 libras de granos, frijoles y nueces; alrededor de una
libra de carne, leche y huevos y otra de frutas y verduras (Lappe et al. 1998).
En 1999 se produjo suficiente cantidad de granos en el mundo para alimentar una
población de ocho mil millones de personas (seis mil millones habitaron el planeta en el
2000), si estos se distribuyeran equitativamente o no se dieran como alimento a los
animales. Siete de cada diez libras de granos se usan para alimentar animales en Estados
Unidos. Países como Brasil, Paraguay, Tailandia e Indonesia dedican miles de acres de
tierras agrícolas a la producción de soya y yuca para exportar a Europa como alimento
del ganado. Canalizando un tercio de los granos producidos en el mundo hacia la
población hambrienta y necesitada, el hambre terminaría instantáneamente (Lappe et al.
1998).
El hambre también ha sido creado por la globalización, especialmente cuando los países
en desarrollo adoptan las políticas de libre comercio recomendadas por agencias
internacionales (reduciendo los aranceles y permitiendo el flujo de los productos de los
países industrializados). La experiencia de Haití, uno de los países más pobres del
mundo, es ilustrativa. En 1986 Haití importó sólo 7,000 toneladas de arroz, porque la
mayor parte se producía en la isla. Cuando abrió su economía al mundo, los inundó un
arroz más barato proveniente de los Estados Unidos, donde la industria del arroz es
subsidiada. En 1996, Haití importó 196,000 toneladas de arroz foráneo al costo de US$
100 millones anuales. La producción de arroz haitiano se volvió insignificante cuando se
concretó la dependencia en el arroz extranjero. El hambre se incrementó (Aristide, 2000).
Las causas reales del hambre son la pobreza, la desigualdad y la falta de acceso a los
alimentos y a la tierra. Demasiada gente es muy pobre (alrededor de dos mil millones
sobreviven con menos de un dólar al día) para comprar los alimentos disponibles (a
menudo con una pobre distribución) o carecen de tierras y los recursos para sembrarla
(Lappe et al. 1998). Porque la verdadera raíz del hambre es la desigualdad, cualquier
150
método diseñado para reforzar la producción de alimentos, pero que agudice esta
desigualdad, fracasará en reducir el hambre. Por el contrario, sólo las tecnologías que
tengan efectos positivos en la distribución de la riqueza, el ingreso y los activos, que
estén a favor de los pobres, podrán en realidad reducir el hambre. Afortunadamente tales
tecnologías existen y pueden agruparse bajo la disciplina de la agroecología, cuyo
potencial es ampliamente demostrado y analizado más profundamente a lo largo de este
libro (Altieri et al. 1998; Uphoff y Altieri, 1999).
Atacando la desigualdad por medio de reformas agrarias se mantiene la promesa de un
aumento de la productividad que sobrepasa el potencial de la biotecnología agrícola.
Mientras que los defensores de la industria hacen una promesa de 15, 20 e incluso 30 por
ciento de aumento de los rendimientos por la biotecnología, los pequeños agricultores
producen hoy de 200 a 1,000 por ciento más por unidad de área que las grandes fincas a
nivel mundial (Rosset,1999). Una estrategia clara para tomar ventaja de la productividad
de las pequeñas fincas es impulsar reformas agrarias que reduzcan las grandes
propiedades ineficientes e improductivas a un tamaño pequeño óptimo, y así
proporcionar las bases para el incremento de la producción en fincas de pequeños
agricultores, incrementos ante los cuales empalidecería la publicitada promesa productiva
de la biotecnología.
Es importante entender que la mayor parte de innovaciones en la biotecnología agrícola
se orientan a las ganancias más que a las necesidades. El verdadero motor de la industria
de la ingeniería genética no es hacer la agricultura más productiva, sino generar mayores
ingresos (Busch et al. 1990). Esto se ilustra revisando las principales tecnologías del
mercado de hoy: (1) cultivos resistentes a los herbicidas, tales como la Soya Ready
Roundup de Monsanto, semillas que son tolerantes al herbicida Roundup de Monsanto, y
(2) los cultivos Bt (Bacillus thuringiensis) que han sido desarrollados por ingeniería
genética para producir su propio insecticida. En el primer caso, la meta es ganar más
participación de mercado de los herbicidas para un producto exclusivo, y en el segundo,
aumentar las ventas de semillas aun a costa de dañar la utilidad de un producto clave para
el manejo de plagas (el insecticida microbiano a base de Bt) en el que confían muchos
agricultores, incluyendo a la mayoría de agricultores de cultivos orgánicos, como una
poderosa alternativa a los insecticidas.
Estas tecnologías responden a la necesidad de las compañías de biotecnología de
intensificar la dependencia de los agricultores en semillas protegidas por la llamada
"propiedad intelectual" que entra en conflicto directamente con los antiguos derechos de
los agricultores a reproducir, compartir o almacenar semillas (Fowler y Mooney 1990).
Cada vez que pueden, las corporaciones obligan a los agricultores a comprar una marca
de insumos de la compañía y les prohiben guardar o vender la semilla. Si los agricultores
de los Estados Unidos adoptan soya transgénica, deben firmar un acuerdo con Monsanto.
Si siembran soya transgénica al año siguiente, la multa es de unos $3,000 por acre,
dependiendo del área. Esta multa puede costarle al agricultor su finca, su hogar.
Controlando el germoplasma desde la producción de semillas hasta su venta y obligando
a los agricultores a pagar precios inflados por paquetes de semillas-químicos, las
151 compañías están decididas a extraer el máximo beneficio de su inversión (Krimsky y
Wrubel, 1996).

 

Califica este artículo Thank you for your vote!